James Stewart, la leyenda que se imprimió antes que la realidad

La época dorada de Hollywood fue el semillero de artistas inigualables que dejaron una marca indeleble en el cine estadounidense, personajes icónicos que forjaron la industria más poderosa del medio fílmico, y de la que James Stewart es indudablemente una de sus más reconocibles e idolatradas figuras.

James Maitland Stewart nació el 20 de mayo de 1908 en Indiana, Pennsylvania, comenzó su carrera al inicio de la década los 30 y la finalizó en 1991. Durante ese lapso acumuló más de 92 películas, programas de televisión y obras de teatro, muchas de ellas ampliamente recordadas y aplaudidas.

El actor fue abriéndose paso con roles de todo tipo, supo imprimir su propio sello al camuflarse en la interpretación de todo tipo de personajes, desde los carismáticos hasta los borrachines, pasando por los valerosos y los que llevan sobre sí mismos una carga mítica de patetismo. El western, el cine negro, las comedias románticas y los dramas de corte familiar, todos tuvieron lugar en su filmografía.

Su talento lo llevó a trabajar con algunos de los mejores directores del momento, convirtiéndose en un recurrente colaborador del célebre Alfred Hitchcock, así como de Frank Capra, Ernst Lubicht, George Cukor, Anthony Mann, John Ford, Cecil B. de Mille, Otto Preminger, a medida que repasamos su carrera la lista de cineastas de tal envergadura se vuelve inagotable.

Stewart consiguió además el Oscar como Mejor Actor en 1940 por su interpretación en The Philadelphia Story, pero quién no lo recuerda en películas como La ventana indiscreta, Vértigo, Qué bello es vivir!, Anatomía de un Asesinato, La Soga o El espectáculo más grande del mundo, entre otras.

Durante la Segunda Guerra Mundial peleó como parte de las fuerzas armadas de su país, era un hombre de evidentes convicciones patrióticas que en cierto modo refleja en su trabajo cinematográfico

El Instituto Americano de Cine además lo reconoció como el tercer mayor actor masculino de la época de Oro de Hollywood, sólo por detrás de Humphrey Bogart y Cary Grant. Además de que 11 de sus películas han sido reservadas por el Registro Nacional de Cine de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos por ser “cultural, histórica y estéticamente significativas”.

Hoy con la conmemoración de su natalicio recordamos con gran aprecio la cinta El hombre que mató a Liberty Valance, de uno de los más grandes directores norteamericanos John Ford, quien algunas vez dijo “Stewart siempre se interpreta a él mismo, pero es que Stewart es todo un personaje”.

El Hombre que mató a Liberty Valance

Randsom Stoddard, un senador americano, arriba junto a su esposa Hallie a la localidad de Shinbone, para asistir al funeral de un viejo amigo llamado Tom Doniphon. Allí es interceptado por un periodista local que junto a su editor se proponen a obtener una entrevista del congresista, obligado por las circunstancias, Stoddard decide narrar la historia que lo vinculó años atrás con el difunto.

Siendo joven, el senador llegó a la misma comunidad con sueños idealistas pero apenas a su llegada es asaltado por bandidos que lo dejan medio muerto en el desierto. Tras el auxilio de Tom y su amiga Hallie rehace su vida en el pueblo. En Shinbone se topará con un lugar donde los balazos, el alcohol y la inacción de las autoridades son el pan de cada día, a lo que además se suma su enemistad con el despiadado asesino Liberty Valance que vive bajo la ley del más fuerte.

Con este western estrenado en 1962, el emblemático director John Ford pone a prueba las cualidades y defectos de un género que él mismo había ayudado a mitificar. Lo hace con una historia íntima en la que el Viejo Oeste sirve como escenario de una fábula de la lucha del deber y el mal, donde las pistolas sirven para edificar leyendas y esconder la vergüenza.

El cineasta monta con su envidiable ritmo narrativo 3 figuras arquetípicas del western fílmico: Radnsom caracteriza el deber, Tom da vida al que con sus propias manos reparte justicia, y Liberty es el villano que engloba la maldad.

El senador enhebra una suerte de tipo bueno que está convencido que a través de la civilidad y la educación es como se puede eliminar la maldad, la ley y el orden son sus armas, de ahí que termine enseñando a gente del pueblo a leer y escribir.

Por su parte, Tom es un hombre sencillo y carismático, si bien no comete villanías y parece más ocupado ayudando a sus amigos y coqueteando con Hallie, sabe que en el lugar en el que vive el mal está al acecho, de ahí que lleve siempre consigo un arma de fuego y no dude en acudir a la fuerza si se trata de defender a quien él estima.

Liberty encarna la vileza, lleno de trampas y rencor se pasea a sus anchas entre una comunidad incapaz de atraparlo y en la que se regodea con sus actitudes perversas. Se mofa de aquellos a los que atemoriza y no pestañea cuando se trata de jalar el gatillo.

Randsom observa con impotencia los pasos destructivos de Liberty, Tom tiene los medios para acabar con la maldad y pese a ello prefiere mantener su distancia, temeroso de que su intervención arruine, como termina sucediendo, el futuro que busca forjarse como hombre apegado al trabajo duro de la tierra.

El desenlace, en el que aparentemente triunfa el bien, nos permite reflexionar acerca de que no siempre los finales felices encierran una victoria, lo vemos en las miradas de Randsom, de Hallie y de los viejos amigos, que con solo cruzar sus miradas y evocar el pasado comprenden que no son totalmente plenos.

Del mismo modo, en una escena formidable en la que Tom, desgarrado y totalmente embriagado, decide quemar la casa en la que arduamente trabajaba y que había elegido para pasar el resto de su vida con Hallie. Así Ford con sus poéticas imágenes nos hace ver que las personas nobles también se ven arrastrados por conductas innobles, y que los sueños se pueden esfumar tan rápido como el trayecto de una bala.

El libreto corrió a cargo de James Warner Bellah y Willis Goldbeck, en el que se confiere a diferencia de otras cintas del mismo género, un innegable apego a los espacios cerrados, a las meditaciones íntimas que parten de los debates morales de cada personaje, así como de la empatía entre uno y otro.

John Ford, fiel a su costumbre, se empeña en sacar a relucir la miseria de sus protagonistas, poniendo a prueba su integridad y su concepción del mundo. Privilegia aquí la interacción entre los sujetos, y se olvida con justa razón de los tiroteos y las corridas a caballo.

William H. Clothier es el responsable de la magnífica fotografía a blanco y negro que dota de una atmósfera melancólica al relato. El manejo de la cámara permite una rica gama de detalles, en la que también hay espacio para el contraste entre sombras y luces que brindan un halo espectral a la trama.

John Wayne da vida con su inobjetable carisma a Tom, Vera Miles hace lo propio con la sufrida Hallie, Lee Marvin completa el reparto con su afortunada interpretación del inescrupuloso Liberty Valance

Pero es James Stewart el que se roba los aplausos en su angustiosa composición de un hombre afligido por el mundo que lo rodea, Stewart aquí es capaz de hacernos reír con su peculiar forma de lavar trastes, o de enfundar su ira en una bala pese a andar malherido, y también encontrar la miseria de tener que despedir a un hombre al que le debe más que la vida.

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Para culminar, tendría también que decir que John Ford conoció aquí el cenit de su trabajo cinematográfico, en el que terminó por plasmar su lógica argumental y su destreza técnica. El cineasta más clásico de Hollywood, al que bien podríamos considerar como el mejor de todos los tiempos, siempre sereno y sensato en su modo de filmar.

Este 20 de mayo se cumple otro año del nacimiento de una estrella de luz inagotable, que al paso del tiempo sigue incrementando su leyenda, James Stewart un actor como muy pocos que inexorablemente se halla en el olimpo de los intérpretes, películas como El hombre que mató a Liberty Valance así lo prueban.

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