La oscuridad vestida de rojo

Amablemente le he pedido a la oscuridad vestida de rojo que me tome una foto casual y despreocupada en medio de la madrugada, estoy decentemente presentable, de alguna forma bien y es lo único que necesitaba para un par de instantáneas.

Anteriormente, al contemplarme frente al espejo, me di cuenta que gran parte de mi cara había desaparecido, al parecer sólo mis rojos labios sobrevivían al reflejo y me era imposible recordar la última vez que capturé esas formas en el espejo.

Resulta inquietante contar que no eres capaz de observar nada más en el rostro que unos labios carmín, eso, en caso de que ese día decidiera colorearlos. ¿Qué había sobre mis mejillas, mis ojos y mi ancha nariz?, ¿habían desaparecido?, ¿acaso era la única que no lograba verlos? o, ¿también ellos se habían percatado de esa perdida? Si era así, ¿por qué nadie me lo había dicho antes?

Desde que tuve uso de razón me di cuenta que deseaba otros ojos, sin importar que los míos brindaran una extraordinaria y poderosa fuerza capaz de penetrar y defender lo que fuera. Mis delatadoras mejillas no me avergonzaban, pero para mi gusto eran demasiado grandes, elevadas en momentos de éxtasis e incapaces de desaparecer y descender entre los inexistentes hoyuelos de mi piel.

Como quisiera verlo, todo había desaparecido. No escuché palabras alentadoras sobre lo sucedido y evitaba cuestionarme por qué mis labios seguían ahí. Lo único que esperaba al día siguiente era levantarme para pintarlos de nuevo y obtener una pista más sobre la desconcertante desaparición de mi rostro.

Al despertar una mañana, comencé a parpadear más de lo debido y por un momento pensé que sería otro extraño y fantasioso sueño. Me levanté de cama como debía y me dirigí hacia el baño para investigar una vez más el suceso, vi mis labios coloreados de un rosado apenas perceptible, todo seguía sin aparecer, pero, ese momento era distinto.

Al parecer me había acostumbrado a la inexistencia, a la invisibilidad. Me resultaba cómodo que la ausencia no doliera y que la duda migrara a otro universo desconocido.

Una resolución llegó a mi mente y contemplé la posibilidad de parar, reconciliarme con el tono y dejarlo pasar, hacerlo desaparecer porque podría ser el culpable de esta inesperada fuga.

Que inquieta me hizo la vida, la oscuridad vestida de rojo me devolvió tranquilidad. Así que, hoy volví a pedir una instantánea, sin importar si el rojo se revela o no, estoy bien, mi rostro puede esperar en la invisibilidad.

Sólo quiero dejarlo descansar y recibirlo cálidamente cuando regrese.

Mi rostro puede esperar.


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