¿De dónde viene la sal?

El vidrio empañado mostraba el clima y gotas escurriendo por la ventana en inconstantes e interrumpidas carreteras acuosas, una tras otra, como de costumbre, señal evidente para salir con sombrilla, impermeable y ropa cálida. 

Guadalupe abre los ojos y mira el techo. Una extraña mancha roba su atención y sabe que ha llegado el momento de visitar la azotea, barrer y desaparecer los múltiples encharcamientos que la lluvia ha dejado durante estos días.

Quizás más tarde. Murmuró para sí misma.

La lluvia, las inminentes goteras y el clima no la atormentaban, ella no tenía opción, aún con lo poco que le quedaba sabía que la única manera de desprenderse era huir de aquél inválido amor. Así, en aquella salada soledad, de alguna forma el cálido regalo de la libertad le llamaba y la invitaba a descansar.

Quererte sabe a sal,

granulada en mi boca,

cortando mi lengua,

quemando mi saliva

y desgastando mis palabras,

cautiva en el fino silencio,

me deja.

Una nota, las últimas palabras quizás, que dejaría después de su partida. Seca y aún con un amargo sabor de boca, como por arte de magia sintió el delicado polvo en la garganta dirigiéndose hacia el estrecho rincón de su cuerpo. Sintió náuseas, salivó de más y reconoció en las paredes de su boca el último beso dado, quemó su helado interior y evaporó sus sentidos. 

Perdí el sentido del gusto,

construí un infinito espejo de adoración,

tanta sal,

sigo inclinándome a la blanca tortura.

Quererte sabe a sal.

Una vez más, el pensamiento la hacía ser sal.

— ¿De dónde viene la sal? se preguntó.


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