Tártaro: distopía teatral y narcopoder

No fue ni Dios ni el Diablo
quien me hizo vengador
Fui yo mismo
Soy el cobrador
- Rubem Fonseca

El afuera es un espacio doloroso de reconocer. Se vive en medio de las balas, el vacío, la pobreza y la desilusión que corroe los cuerpos. Hay un desborde constante de todo. El vértigo es lo único que sobrevive y las personas atraviesan lo cotidiano con la certeza del camino perdido. Entre tanto caos, crear se vuelve una necesidad, un fuego inminente que se pregunta a sí mismo: ¿por dónde empiezo?

Pues bien, Tártarodirigida por David Psalmon y escrita por Sergio López Viguerases un monólogo que lo sabe todo sobre comienzos. Recibe a los espectadores de forma aterradora: un hombre está colgado, de cabeza y semidesnudo. Esa sola imagen de apertura me rompió. Hace años uno de los mejores amigos de mi hermano apareció en los periódicos locales en una posición similar. Les debía dinero a las personas inadecuadas y acabó en un puente, con la garganta hinchada y la mueca terrorífica de quien no quiere morir, no así. 

Dice mi hermano que lo reconoció por las botas que solía usar. Entonces la indumentaria trasmutó en pesadilla, en otra pieza del cosmos necropolítico. Y sí, qué injusto mirar el rostro desfigurado de un ser amado. Qué injusto el silencio que envuelve a los que siempre esperan, a los sin voz, a los desechables, a las manchas en el mapa. Existimos aferradas a la eterna esperanza de encontrar condiciones dignas para vivir; sin embargo, el tiempo no hace más que fracturar. 

Tártaro trascurre entre la realidad y la mitología. Es un viaje al inframundo, una proyección de la narcoviolencia que devora nuestro territorio. La historia es contada por un fantasma; el personaje principal ya está muerto cuando lo vemos aparecer. La obra desdibuja las barreras entre la vida y la muerte. Y es que en un país como el nuestro, estas divisiones parecen mentira; estamos tan cerquita de La flaca, tan rodeadas de fosas, tan acostumbradas a la sangre. Margaret Atwood dice que el contexto lo es todo. Tiene razón. En México nada hace más sentido que escuchar un relato de vida, articulado por un espectro. 

El protagonista, interpretado por Bernardo Gamboa, narra los momentos más relevantes de su niñez. En realidad, hay un exhibicionismo de las heridas infantiles. Se trata de un pequeño que vive en condiciones precarias. Su madre carga con una enfermedad terminal y no tiene dinero para comprar las medicinas que necesita. Ella fallece y el niño llora su partida sin nada entre las manos, con un puro abismo contenido en el vientre. ¿Y luego? De nuevo el abandono.

El tiempo pasa y es su hermana mayor su único consuelo. Agueda, la que le prepara chicharrón con frijolitos y salsa, la que ve El Chavo del 8 en la televisión para evadir los abusos del tío que los cuida. Un día secuestran a la joven Agueda. Se la llevan para que forme parte de las infinitas redes de trata que se tejen ante la mirada cómplice de políticos, militares y aquellos que entienden a los cuerpos de las mujeres como un divertimento fútil. 

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Tártaro
Foto | Luis Quiroz

El odio sella las fisuras.

Meses después llega la sombra, Joaquín, el animal alfa que se acerca a un campo de fútbol para conseguir a dos halcones. El protagonista y su amigo, acostumbrados a no tener nada, aceptan el trabajo casi en juego, sin advertir lo que pasaría. Abrazan su llamado. 

Las filas del crimen organizado también se nutren de infantes ansiosos por ser visibles, por tener un nombre. No en vano Heriberto Yépez creó su infalible receta para cocinar un narco a la parrilla:

Desde muy temprana edad rebane sus sentimientos, cuerpo y deseos. Todo lo que haga dígale que está “mal” (hágalo tan sistemáticamente como pueda). Al tiempo que prepara un ser marcado por la incompletud, agregue machismo, clasismo, racismo y misoginia a su gusto, hasta que crea que un ser se “completa” rebajando a otros (el ninguneo es el ingrediente clave de este platillo típico). Ya que llegue a la pubertad, aumente su autoritarismo familiar, con chantaje emocional o violencia abierta. […] Para este momento, ese joven buscará sobresalir a toda costa. Usted y su sociedad impidan que sobresalga por educación, amor o trabajo. Hierva la mezcla con narcocorridos y películas hollywoodenses. Agregue 2 gramos de coca o hornéelo en mariguana o crystal (se vende sin receta). A fuego lento, déjelo salir a las calles. Ahí encontrará la pandilla, policía, cártel o army más cercano. Entonces tendrá “respeto”, y se vengará de usted y toda esta sociedad. Como postre, hágase la víctima y pregúntese cómo es que hay gente tan desalmada siendo usted tan dulce. Y, por supuesto, no olvide compartir esta receta.

Se sabe que la realidad supera cualquier ficción, que el narcotráfico se nutre con personas de los extractos más vulnerables, que el platillo final de esta historia se sirve crudo y se come con las manos. Bon Appétit.

***

Miro la obra y el miedo se cierne sobre mí. Me aterra reconocer que no estoy protegida de esa brutalidad. Yo puedo ser la próxima, pienso. Cierro los ojos. Cuando reacciono, las lágrimas siguen su cauce, sin pausa, con el cinismo de quien se sabe oculto por la noche. 

El protagonista se tira al suelo, patalea, llora. Perdió a un ser amado, la pobreza se lo arrebató. Habla sobre funerales, sobre el deseo de hacer cualquier cosa para no sentir el peso de la ausencia. Alguien del público llora a mi lado, no quiero voltear, me faltan fuerzas para imaginar los recuerdos que le apedrean. La distopía es real. Mis músculos están en tensión. Me resigno a dejarme sentir. Y es que el teatro es así, te obliga a mirar las sombras, aunque asuste.

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Tártaro
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El sol es un campo militar con sus hornos abarrotados, un “Cuerno de Chivo” en Tamaulipas, un kilo de coca en la mochila de un niño. El sol es un narco-estado, un tiroteo, una cabeza anónima en la barranca, un cuerpo entre las hierbas, otra desaparecida. El sol cae a chorros en el Río Bravo, nomás para iluminar las ráfagas que atraviesan aquellos rostros morenos. El sol es hueso y fierro. 

Tártaro es luz demencial y oscuridad. Al ver esta pieza escénica pensé en Capitalismo Gore de Sayak Valencia, en cómo la economía violenta y los cuerpos se vuelven productos de intercambio: el secuestro, la venta de órganos, la tortura y el asesinato por encargo son atractivos modelos de negocio. Sayak explica: “el ejercicio de este tipo de economía que reinterpreta el concepto de trabajo de manera distópica, está emparentado a […] demandas excesivas de hiperconsumo, remanentes coloniales, construcción binaria del género y ejercicio distópico del poder por parte de gobiernos corruptos y autoritarios que desemboca en una creciente necropolítica”.

Entonces es claro el deseo material, la soledad, la culpa y el machismo desbordante que representan los personajes masculinos de Tártaro. Pienso en El cobrador, un cuento de Rubem Fonseca, donde un individuo, profundamente resentido a causa de la miseria en la que vive, se dedica a ejercer su venganza. Recuerdo especialmente una de sus frases: “Cuando no se tiene dinero, es conveniente tener músculos y odio”.

A estos criminales, Valencia los llama sujetos endriagos que combinan la lógica de la carencia, la lógica del exceso, la lógica de la frustración y la lógica de la heroificación (promovida por los medios de comunicación de masas) con pulsiones de odio. Además, habría que contemplar a las necromasculinidades colmadas de violencia y silencio. Los miembros del narco se ciñen a mandamientos patriarcales en niveles extremos que les ayudan a reforzar su hombría. Golpes, encajuelados, carnicerías, secreciones y poder. Si lloras, si “joteas” o si tienes miedo, no eres un macho de verdad y el castigo es claro: la muerte.

Hace un año leí un reportaje titulado Éramos niños jugando a ser sicarios, publicado por el diario español El País, en él me encontré con las palabras del “Mike”, un adolescente que entró a las filas del crimen organizado y su relato me cimbró entera. En el texto se lee:

“Por primera vez me sentí poderoso, estaba con la banda pesada del barrio, los que mataban, vendían drogas y gobernaban en realidad”, cuenta Miguel, sobre su decisión de unirse con 17 años a un cartel que controla la zona norte del Estado de México, en el centro del país. "Después vi por primera vez como torturaban a alguien, le cortaban la lengua, los dedos, las orejas y después se empezaban a carcajear", relata incrédulo Miguel. "Puta madre, obviamente me dio miedo", confiesa. Cuando le llegó el turno, le temblaba la mano, pero no podía mostrar sus sentimientos: "Si no lo hacía, me mataban a mí”.

Estas historias, teóricas y vivenciales, las recupero porque Tártaro las lleva al teatro en una suma de explosiones nauseabundas de tan reales. Algunas escenas juegan con lo patético, de tal suerte que se vuelve cómico mirar lo que sucede en el escenario. La gente se ríe y la pregunta de Molière flota en el aire: “¿De qué se ríen, imbéciles?”. Entonces resuena en mi cabeza un cuestionamiento que hace Avélina Lésper: “¿No ven que ustedes son peores, no ven que la realidad es más desgraciada?”.

Un sol henchido de pus aparece sobre nosotras. 

El Tártaro nace.  


Esta obra se presenta los lunes y martes, a las 20:00 h en el Teatro Helénico, y permanecerá en temporada hasta el 1 de junio. Si te interesa ir a verla, puedes adquirir tus boletos en el siguiente link: https://www.helenico.gob.mx/tartaro/

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