Una visita al sol y creí despertar, como si de repente algo me hiciera regresar al presente y la normalidad, pero me sentí confundida, me encontraba en un país lejano y apenas reconocible a mi vista. La plaza se encontraba casi vacía, no parecía una época para turistear tranquilamente, el frío era realmente insoportable.

Comencé a titiritar, a abrazarme y frotar mis manos, brazos y piernas, no podía controlarlo, el sol se encontraba del otro lado del horizonte que veía, era intenso y helado. Confundida empecé a caminar para averiguar si de esa forma mi cuerpo podía aclimatarse al ambiente.

Lo que en verdad era incomparablemente bello era la vista que tenía de la plaza, casi vacía, llena de colores marrones en el edificio principal y un majestuoso palacio rojo. A lo lejos identifiqué una figura conocida, de cabello corto y cubierta por un largo y colorido rebozo hecho a mano, un rebozo que ya había visto anteriormente. No tenía duda, conocía a esa persona, así que me acerqué un poco más y cuando estuve lo suficientemente cerca, supe que era mi abuela.

Quise abrazarla y preguntarle ¿qué hacía allí?, sin embargo el tiempo me ganó y ella sólo se apresuró a contestar:

—Ven, este señor nos dará un tour, tenemos que apurarnos, no hay mucho tiempo, nos están esperando.

¿Será posible llegar a ese lugar? Ahora, ¿a dónde vamos?

Platicamos de todo y nos pusimos al corriente, ella necesitaba saber qué es lo que estaba haciendo y me preguntó si eso me hacía feliz. Yo necesitaba hacerle saber que la quería, que le agradecía todo lo aprendido y que por fin había entendido su manera de ver la vida.

Hablamos durante horas y eso sólo me hizo preguntarme ¿cuánto tiempo durará este viaje?, hice la pregunta y nos detuvimos en seguida, bajamos del extraño vehículo y supimos que habíamos dado vueltas en círculos, por horas.

Una visita al sol de medianoche, el lugar donde la oscuridad es sólo un recuerdo más del invierno. No temes quedar despierto hasta la mañana, no sabes en qué momento termina el día y empieza la noche. Al descender lo vimos y nos dejó maravilladas, y ¡oh sorpresa!, alguien más nos estaba esperando.

Vi a mi madre y a otras niñas corriendo alrededor de nosotras, todas estaban y no paraban de repetir:

—Mamá, tomemos una foto.

Yo no podía creerlo y me detuve a pensar, si quizás no había despertado todavía. Aún con todo el enigma que me recorría, corrí sobre el campo que nos rodeaba junto a las niñas, desde lejos sólo mi madre y mi abuela nos observaban riendo.

Cuando paramos de jugar, entramos al transparente lugar fotográfico del que tanto me habían hablado, supuestamente las cámaras normales no podían capturar toda la belleza del lugar, así que, si queríamos una fotografía, esa debía ser tomada ahí.  Al entrar, todas nos perdimos de vista, comenzamos a jugar con aquellos artefactos y tomamos fotos a diestra y siniestra.

Ilustración | Diana L. Gutierrez (@_dia_nublado)

Al observar las fotografías, no había nadie más a mi lado, ahí supe que estaba sola, pero había llegado acompañada de todas las mujeres que quise, quiero y querré en un futuro. Fue otro sueño, una visita al sol de medianoche.


¡Conoce el trabajo de @_dia_nublado!

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